Estamos en el tiempo de cuaresma y vamos a reflexionar sobre lo que significa este tiempo en nuestra vida a través de un Evangelio de estos días: La curación del paralitico en la piscina de Betesda.
El paralítico esperaba al borde de la piscina a que alguien se acercara y le ayudara a meterse en ella. Pasó Jesús… (San Juan 5, 1-16)
El hombre enfermo de Betesda simboliza nuestras propias parálisis interiores: miedos, rutinas, heridas, desalientos… que nos impiden ponernos en pie y avanzar hacia la vida plena. Durante treinta y ocho años había esperado que algo externo —el agua que se movía, alguien que lo ayudara a entrar— lo curara. Pero Jesús rompe esa lógica: no le ofrece solo una sanación física, sino una sanación integral, que pasa por el deseo, la confianza y la respuesta personal.
La pregunta de Jesús —“¿Quieres quedar sano?”— resuena con fuerza en Cuaresma. Es una invitación directa a revisar el corazón: ¿queremos realmente cambiar? ¿O nos conformamos con “estar tirados junto a la piscina”, esperando que algo o alguien haga por nosotros el trabajo interior que nos corresponde?
La respuesta del hombre revela también otra dimensión: la necesidad de los demás. Dice: “No tengo a nadie que me meta en la piscina”. Esta frase expresa la soledad y la falta de comunidad. En Cuaresma descubrimos que nadie sana completamente solo: necesitamos hermanos y hermanas que nos acompañen, que nos escuchen, que NOS CUIDEN, que nos ayuden a levantarnos cuando no podemos. La conversión personal se sostiene siempre en una red de relaciones sanas.
Finalmente, Jesús le ordena: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar”. Es decir, asume tu historia, lleva contigo tus heridas convertidas en testimonio, y vuelve a caminar. La camilla que antes era signo de esclavitud se vuelve signo de libertad. En el camino cuaresmal, esa es la invitación: ponerse en pie, cargar con la vida, avanzar y SER CUIDADORES de nuestros hermanos, no instalarnos, sino dejarnos reparar y seguir a Cristo hacia la Pascua.







