En la celebración de la Pascua, las palabras del Evangelio: “Mujer, ¿por qué lloras?” suenan como una invitación a revisar dónde ponemos nuestra mirada. Muchas veces, permanecemos “visitando sepulcros”: dando vueltas a preocupaciones, frustraciones…, sin abrirnos a la vida nueva que se nos ofrece.
El Evangelio nos recuerda cómo María Magdalena, en su dolor, no reconoce a Jesús, que se hace presente de forma discreta —como un hortelano—, cercano y fiel. Podemos decir también, como un amigo, como una madre, como esas personas presentes en el día a día que damos por supuestas… a veces vamos sin fijarnos demasiado en los demás, la Pascua es una oportunidad para cambiar la mirada: aprender a agradecer y también cuidar a quienes tenemos cerca.
Solo cuando Jesús llama a María por su nombre, es capaz de reconocerlo, el cuidado comienza en la mirada que reconoce, en la atención personal, en saberse acompañado.
El amor, como enseña el Evangelio, no se guarda para uno mismo, sino que impulsa a cuidar y a dar vida.
Esa es nuestra misión también, y a la que nos invita la Pascua.







